Con Los Pies Sobre Los Montes
POR HEBER GALLITTO (PARANA/ENTRE RIOS/ARGENTINA)
“Hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas” (Is. 52:7)
LOS DÍAS QUE PREDIJO BOOTH
“En el Día del juicio, tus oraciones y lágrimas no tendrán valor. Ellas no te servirán, el Juez no será conmovido: porque tú no le oíste cuando te llamó; sino que le despreciaste a Él y a sus ministros, y no dejaste tus iniquidades… Tú puedes decir que esto es entusiasmo y locura; pero, en aquel gran día, si tu no te arrepientes de tus pecados aquí, encontrarás que tus propios caminos eran locura” George Whitefield
Hacia mediados del siglo 19 apareció en Inglaterra un movimiento evangelístico que llegó a conocerse como Ejército de Salvación. Su fundador y general fue William Booth, un metodista que, junto a su esposa (Catherine) y su grupo de predicadores iban a predicar a los borrachos, prostitutas, ladrones, etc. Su estilo era muy particular, caminaban por la calle vestidos como militares, con bombos y trompetas, y predicaban a voz en cuello. Su grito de guerra era “Vayan por las almas… por las peores.” En su tiempo y gracias a ese trabajo evangelístico hubo cantinas y prostíbulos que se cerraron.
Ellos eran odiados por la religión organizada y fueron perseguidos por los dueños de prostíbulos y de cantinas. Incluso en un año hubo 669 “salvacionistas” que fueron atacados brutalmente y hubo varios mártires. El escudo de ellos tenía una cruz con una S entrelazada y dos espadas cruzadas, y aparte de otros adornos se leía en forma semicircular “Sangre y Fuego.”
El fundador de este movimiento era un hombre de visión, hizo muchas obras e impactó la sociedad de su tiempo. Pero sobre todas las cosas, la pasión que le consumía era salvar las almas del infierno. El General Booth hizo una declaración profética acerca del evangelismo:
“Temo la llegada del día en que los evangelistas prediquen: salvación sin regeneración, fe sin arrepentimiento, y cielo sin infierno"
Lamentablemente ese día llegó. Y sobre todo, el concepto de fe salvadora ha sufrido una amputación incruenta hecha por expertos cirujanos de la religión. Este es otro de los aspectos olvidados en el evangelismo actual, el arrepentimiento. ¿Por qué?
Es olvidado por la misma figura mental que se realiza al exponer el mensaje. La figura que el predicador moderno y los oyentes tienen es el de un regalo. El pecador es presentado en esta escena como una persona que se ha ganado la lotería y no lo sabe. Dios lo ha hecho con un propósito supremo y hasta este momento el ser humano se ha entretenido en jugar a la quiniela del mundo, la religión, las buenas obras, etc. tratando de llenar el vacío que hay en su vida. Pero de pronto llegamos con la gran noticia de que hay alguien que le ama y quiere que tenga lo más grande que se pueda imaginar. ¡El hombre se ha ganado la grande, tiene el número ganador y no lo sabía! En esta figura el evangelista es el portavoz de esa noticia, y lo único que debe hacer el afortunado “ignorante” es recibir el regalo y decir “gracias”. En este contexto no hay de qué arrepentirse, pues sencillamente debo recibir, agradecer y “ya está”: ¡A DISFRUTAR DE LOS MILLONES DE BENDICIONES QUE TENEMOS! Todo esto es muy lindo, y apropiado para el espíritu de esta época; donde el deseo de tener y obtener es el hilo conductor de los habitantes de este mundo. Es lógico y aceptable pero es mentira, y antibíblico. Examina la Biblia y verás.
Es necesario el arrepentimiento. Las personas que nunca se convirtieron a Cristo, que no se arrepintieron, pero que recitan una oración y reciben un regalo pensando que de esa manera van al cielo... lo que ellas atesoran no son bendiciones eternas. Leamos bien “por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro. 2:5). Escuchemos el eco apostólico. Visitemos el templo en Pentecostés y oigamos a Pedro proclamar “arrepentíos... para perdón de pecados” (Hch. 2:38). Parémonos junto al pórtico de Salomón a la entrada del templo para escuchar cómo el pescador de hombres insiste “arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados” (Hch. 3:19). Y visitemos el Areópago ateniense para asombrarnos del Apóstol Pablo diciendo “Dios... manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan” (Hch. 17:30). Y podríamos repasar y revisar las cartas inspiradas y veremos el efecto del arrepentimiento. Pues el que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Y eso es justamente el arrepentimiento.
En la escena de quien ofrece un regalo espectacular, el recibir el regalo es una oportunidad para no perder. Por lo cual la alegría embarga el corazón de la persona, y si hay lágrimas es de alegría por haberse ganado la grande. Pero en el caso del arrepentimiento hay lágrimas de tristeza y confesión. Hay gozo, pero se ve a sí mismo culpable, inmerecedor de tanto amor expresado por Dios y su aprecio por lo que Cristo hizo es enorme. El arrepentimiento exige vencer el orgullo que todos tenemos adentro, y humillado ir a la cruz. Sepamos bien que si no se arrepienten, por más felices que los veamos, irán al infierno cuando mueran. El plan de Dios es el mismo en el siglo I y en el siglo XXI.
Debes decirles que se arrepientan, que confiesen sus pecados al Señor, y ante la cruz reciban el perdón y la limpieza agradeciendo el don de la salvación.
Estaba repartiendo folletos en la zona del parque Urquiza (en Paraná) y me encontré con dos jóvenes que paseaban sus perros. Comencé a predicarles mostrándoles el estado espiritual en que estaban, y al verse ante la ley de Dios se declararon culpables. Me dijeron que si morían iban al infierno. Y entonces les dije que Dios no quería esto, y que por eso tenía un plan para salvarles. Mi pregunta fue “¿Quieren conocer el plan de Dios?” Uno se quedó para escuchar, pero el otro me dijo “No, yo no quiero escuchar, pues no quiero que me cambies mi forma de pensar.” ¿Sabes lo que este joven decía? No quiero arrepentirme. Pues arrepentirse es cambiar la forma de pensar. Creo que muchos de los problemas en las iglesias evangélicas, con cristianos que llamamos mundanos o carnales, se deben a que ellos nunca se arrepintieron, pues nunca cambiaron su forma de pensar.
En mayo de 1750, después de oír predicar a Whitefield, John Thorpe y tres amigos fueron a imitarle burlonamente a una taberna. Cuando llegó su turno, Thorpe, tomó una Biblia se subió a una mesa y gritó, “si no os arrepentís todos pereceréis.” De repente, fue impactado por la realidad de su pecado y allí mismo se arrepintió y comenzó a predicar de verdad. Dos años más tarde llegó a ser uno de los predicadores itinerantes de John Wesley.
La primer palabra del mensaje de Juan el Bautista era “Arrepentíos.” Esa fue la primera palabra del Evangelio según Jesús. Lo predicó Pablo, Pedro, Esteban, los apóstoles. La advertencia repetida de Cristo era “si no os arrepentís todos pereceréis igualmente.” El arrepentimiento es cambio de nuestra manera de pensar. Y creo que debemos cambiar también nuestra forma de pensar respecto al evangelismo actual. Hay que volver a las bases. Debemos arrepentirnos de presentar un mensaje amputado… pues si no nos arrepentimos, ellos perecerán, creyendo que son salvos.
Heber Alfredo Gallitto
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