Cristologia 2

POR OSCAR NARANJO (ROSARIO-ARGENTINA)

La Persona y la Obra del Hijo.
Reverentemente, confesamos la Deidad Esencial y Propia del Señor Jesucristo, Hijo Eterno de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad. (Mt. 1:1; Tit.2:13,14 y 3:4; Jn. 10:30 y 14:28).
a) Su Eterna Filiación.
Creemos que El Señor es el Hijo Eterno de Dios.
Esto implica que "Unigénito" tiene una doble aplicación:
I. Al hecho histórico del nacimiento virginal de Cristo. (Ga. 4:4)
II. Al hecho eterno en el cual El Padre, en el santo seno de la Deidad Inmanente (o en Sí Misma), donde todo es Eterno y tiene dimensión de Eternidad, genera eternamente, de Su Misma Sustancia Una, Eterna e Indivisible, la Subsistencia Personal del Hijo. (Jn.10:30).
No es una "creación" ni un "principio" cronológico del Hijo.
Es la necesaria expresión personal del efluvio de una Filialidad eternamente inmersa en las profundidades espirituales de la Deidad; en cuyo santo seno se hallan las Bases Espirituales Eternas del Insondables Misterio del Dios Uno y Trino, a Quién postrado, adoramos.
Jn. 1:18 comparar Sal. 2:7,12 y He.1:1-10; Sal. 95:6.
El Hijo es pues Eterno: en Sustancia, la misma del Padre, con Sus Atributos y Perfecciones; y en Filialidad, eternamente engendrada del Padre en el Seno Divino.
1) Los Atributos de Eternidad, Perfección e Inmutabilidad Divinas, prueban la eterna Filiación del Señor.
"Yo Soy El Que Soy", dijo Dios (Ex. 3:14), con ello se define a Sí Mismo como Eterno, Perfecto y Ónticamente Inmutable. (Ver Dt. 32:4; Sal. 102:27; Mal. 3:6)
Luego, también lo son las Tres Personas de la Una Deidad; y Son Quiénes Son: Padre, Hijo y Espíritu Santo, desde siempre y para siempre. (Sal. 90:2; Mt. 5:46; Stg. 1.17; Jn. 15:26) el Hijo es, pues, el Eterno Hijo del Eterno Padre.
La Encarnación y resurrección del Señor, en las que fue llamado y declarado "Hijo de Dios" (Lc. 1:35; Ro. 1:4), no afectan Su Eterna Filiación. De hecho, la confirman, pues la incorporan, reciben de su plenitud y manifiestan, en y a través de Su Naturaleza Humana, por eso engendrada divinamente y vitalmente unida a la Divina en la Una Persona Teantrópica (Divino- Humana) la cual es Cristo. (Jn. 1:1, 14; Col. 1:17, 19 y 2:9).
2) Cristo mismo establece Su Eterna Filiación.
"Todas las cosas me son entregadas de mi Padre: y nadie conoció al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoció alguno, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiere revelar". (Mt. 11:27)
El Señor define allí actos personales: el Padre entregando y el Hijo recibiendo; y alude a un conocimiento mutuo tan eminente y exclusivo, que sólo puede serles propio por Su Naturaleza y Personalidad Divinas.
Su Naturaleza Humana no lo poseía de por sí, pues de ella se nos dice que "crecía en sabiduría" (Lc. 2:52) y el mismo Señor dijo no saber el día y hora de Su próxima venida (Mr. 13:32 comparar Hch. 1:7).
En su Oración Pontifical Cristo dijo: "Padre, glorifícame Tú cerca de Ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo fuese" (Jn. 17.5); y más adelante: "Las palabras que me diste les he dado; y ellos las recibieron y han conocido verdaderamente que salí de Ti y han creído que Tú me enviaste" (v. 8)
El Señor, sólo como Eterno Hijo de Dios podía rogar por la gloria que tenía cerca del Padre "antes que el mundo fuese"; y sólo como Hijo conciente de Su Eterna Filiación, podía decir: "Salí de Ti" y "Tú me enviaste"
Conclusión: la fraseología de "Padre" e "Hijo", refiere aquí a ambos como Personas Eternas, que por serlo se conocen en perfección (Jn. 8:54-58). Y esto define al Hijo, a través de Sus propias palabras, como El Eterno Hijo del Eterno Padre.
Véase también en este contexto, las siguientes Escrituras:
Gn. 32:29,30 y Jue. 13:18 comparar Pr. 30:4, comparar Dn. 3:25.
Sal. 2:7 comparar Jn. 1:18 y He. 1:2, 8. Jn. 10:36; Jn. 17:24; Col. 1:15-17.
3) Dos axiomas teológicos, confirman la Eterna Filiación de Cristo.
(i) Eterno Padre, requiere Eterno Hijo. (Los puntos anteriores lo prueban).
(ii) Solo Una persona Divina, puede ver, conocer y revelar a las Otras Personas Divinas.
                    Mt. 16:16,17; Ga. 1:15,16; Jn.1:18; Jn.8:38; Jn. 16:13-15; 1ªCo. 2:9-16.
b) Su Encarnación y Tentaciones.
El Señor Jesucristo es Dios eterno Humanado.
1ª Ti. 3:16; Jn.1:1-4 y 14,18; Mt. 11:27; Jn.14:6-11.
Jn. 8:23, 42 y 54-58; Jn. 17:1-5 y 24.
Su Encarnación, complementa en la Tierra, el "anonadamiento" del Hijo Eterno obrado en el Cielo, Quién se despojó de la Gloria de Su "Forma de Dios" para tomar "la forma de siervo" que es la forma humana. (Fil. 2:5-11 comparar He. 2:14-17)
Quien niegue la Encarnación del Señor, es falso profeta, gobernado por el espíritu del Anticristo. (1ªJn. 4:1-3).
Su impecable humanidad, fue concebida divinamente por mediación del Espíritu Santo, en la bienaventurada virgen María.
Is. 7:14 y 9:6, Lc. 1:26-38; Mt. 1:18-25; Ga. 4:4, comparar Mr. 14:60-62.
Fue tentado en todo, según nuestra semejanza, pero sin pecar jamás. Sus tentaciones no fueron subjetivas u originadas en Sí mismo. Él era santo, sin mácula de pecado.
Las tentaciones le venían pues desde afuera, del Diablo, de los demonios y de los hombres. Su Victoria consistió en discernirlas, decidir ejercer su facultad de "puedo no pecar", (cosa que Adán no hizo en el Edén), y resistirlas o rechazarla. Así el Señor se mantuvo en estado de impecabilidad o en la condición de "no poder pecar". Triunfante, es poderoso para socorrer a los que son tentados.
Mt. 4:1-11 comparar Lc.4:13 y 22:28.
Ro. 8.3; He. 2:16-18 y cap. 4:15; Jn. 14.30; He. 7:24-28.
c) Su Obra Expiatoria y Vicaria, sobre la Cruz del Calvario.
El derramamiento de Su preciosa Sangre y Su muerte sobre la Cruz, dándose a Sí mismo en precio del rescate por todos, constituyen Su Obra Expiatoria para con Dios y Vicaria a favor nuestro (1ªTi. 2:6). Su Sangre y Su Muerte fueron necesarias.
(1) Su Sangre
Dios, por designio creativo, dio a la sangre un valor físico y metafísico.
Físico, o con relación al cuerpo, porque la sangre es la vida de la carne. (Gn. 9:4).
Metafísico, o con relación al espíritu y al alma (Gn. 2:7) porque la sangre por ser la vida de la carne, permite a nuestro ser racional morar en el cuerpo y usarlo para su plena realización. (Lv. 17:14; Gn. 1:26-28; Gn. 2:8-17). La sangre pues, el elemento medianero vital, en toda acción y actividad sicosomática (espiritual-corporal).
Por tal designio, la sangre tuvo parte en la caída del hombre, pues Satanás, por la tentación, logró que el alma transgrediera toda ley y designio, y usara el cuerpo para pecar contra Dios (Gn. 3:6). La sangre, allí, facultó vitalmente al cuerpo y a la vez, fue nexo medianero vital en esa acción sicosomática pecaminosa.
Dios, en Su Justicia, castigó con la muerte o separación; y en Su Sabiduría y Misericordia, estableció en la sangre el designio de expiar el pecado, con lo cual redimía al pecador, vindicaba el designio original de la sangre y derrotaba a Satanás.
"Porque la vida de la carne en la sangre está: y Yo os la he dado para expiar vuestra persona sobre el altar" (Lv. 17:11). La Justicia exige derramar la "Vida" o sea la sangre; la Misericordia, al decirse "sobre el altar", provee un "sustituto" para ello, ofrecido en sacrificio a Dios, en lugar y en favor del pecador.
Un sustituto es exigido porque el pecador no puede redimirse a sí mismo. Su sangre está bajo pecado; sólo produce muerte, pero no destruye al pecado que la produce; no sirve pues para expiación y sólo evidencia la victoria del Diablo. (Sal. 49:1-12)
La sangre de animales sustitutos, sacrificados según el Antiguo Testamento, era insuficiente: no tenía valor humano ni santidad moral. Dios mandó ofrecerla, sólo como tipo y figura de la sangre que Dios mismo, en Su Gracia, había ya predestinado para obrar una perfecta expiación: ¡La Sangre de Su Hijo! (He. 9:1-14; 10:5-10).
Cristo es el Cordero de Dios, "sin mancha y sin contaminación, ordenado desde antes de la fundación del mundo". (Jn. 1:29; 1ªP. 1:18-20).
Su sangre es "preciosa": no tenía herencia de pecado y siempre fue el nexo medianero vital del uso santo que Cristo hizo de Su cuerpo. (1ªP. 2:22). Por tal santidad y relación metafísica incontaminada, era la única con virtud intrínseca para ser derramada en propiciación y deshacer al mismo tiempo al pecado. (1ªJn. 2:2; He. 9:26). Por eso: "Jehová cargó en El, el pecado de todos nosotros" (Is. 53:6). Esto no es simbólico sino un hecho literal.
Pero: ¿"Qué es" el pecado, esencialmente, para que pueda ser "cargado en Cristo"? Solo conocemos sus efectos y por eso sabemos que está allí, dentro nuestro (Mr. 7:20-23). Pablo lo llama "aguijón" mortífero (1ªCo. 15:56). Es pues como un "virus" moral letal y filtrable; un "imponderable" nocivo espiritual. Se originó en un querubín o ángel superior (Is. 14:12-14; Ez. 28:13-19), quién, a través de su palabra mentirosa, lo infiltró en el hombre (Jn. 8:44). Proviene pues de una "dimensión" angelical, que es mayor que la humana (Sal. 8:5), por lo cual no puede ser "aislado" ni destruido por el hombre. Solo Dios, a cuyos ojos "todas las cosas están abiertas y desnudas" (He. 4:13), puede "ver" la real esencia del pecado y "cargarlo" en Su Hijo, sobre la Cruz.
Por el designio de la relación metafísica de la sangre, esta fue elegida por Dios como el lugar de confrontación. El Señor, sobre la Cruz, con el Poder Inmune de Su Santidad, enfrentó al pecado que a Su sangre fue traído, ¡y lo deshizo! (Is. 44:22).
Esa obra por El Señor "en" y "con" Su sangre, no hubiera sido posible "sin" Su sangre. Por eso las Escrituras hablan indistintamente de la sangre como de la obra hecha "en" y "con ella"; y las identifica como siendo una misma cosa. Así leemos: fe "en" Su sangre (Ro. 3:25); santificados "en" Su sangre y "por" Su sangre (He. 10:29 y 13:12); nos lavó "con" Su sangre y nos hizo "reyes y sacerdotes" (Ap. 1:5,6); y "por" Su sangre tenemos redención (Ef. 1:7), paz con Dios (Col. 1:14, 19, 20), libre acceso al Santuario Celestial (He. 10:19-22), victoria sobre Satanás (Ap. 12:11); y "la" sangre nos limpia de todo pecado (1ªJn. 1:7). "Por" Su sangre, El Señor ganó a Su Iglesia; hizo cercanos a los gentiles y derribó la pared intermedia de separación judío-gentil, estableciendo el nuevo hombre o la nueva criatura. (Hch. 20:28; Ef. 2:11-22; Ga. 6:15). ¡Preciosa sangre del Señor! ¡Ay de quién la tenga por inmunda! (He. 10:29).
(2) Su Muerte
"La paga del pecado es muerte". (Ro. 6:23 a).
El pecado acarreó dos clases de muerte: espiritual y física. Muerte espiritual, o separación de Dios (Ro.3:23), es el castigo del delito de la rebelión y desobediencia al Señor (Gn. 2:16,17). Muerte física, o separación del espíritu/alma del cuerpo, es el castigo del delito de haber usado al cuerpo para pecar (Gn. 3:6 y vs. 17-19).
El Señor Jesucristo murió ambas muertes por nosotros:
1. La muerte espiritual, (o separación de Dios), sobre la Cruz misma, cuando fue hecho pecado y maldición por nosotros (2ªCo.5:21 y Ga. 3:13). Allí la espada de la Justicia de Dios, le hirió en el lugar Santísimo de la Unidad Esencial entre Su Naturaleza Divina y Su Naturaleza Humana; y El Padre escondió de Él Su rostro (Zac. 13:7, comparar He. 4:12; Is. 53:3-5). Su espíritu humano, en el paroxismo de ese dolor, clamó: "Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has desamparado?" (Mt. 27:46 comparar Lm. 1:12).
La Persona Teantrópica (Divino-Humana) unida en la Encarnación, es separada sobre la Cruz. Separación real y de valor eterno aunque momentánea, pues luego, antes de expirar, llama "Padre" nuevamente a Dios, prueba de que la separación había cesado.
2. La muerte física que ocurrió cuando Jesús, "clamando a gran voz, dijo: Padre encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró" (Lc. 23:46)
(3) Unidad y Distinción, Sangre-Muerte, en el Un Sacrificio de Cristo.
Sobre la Cruz, la muerte no advino por el derramamiento de la sangre ni por rotura del corazón, sino cuando el propio Hijo de Dios, encomendó Su espíritu en las manos del Padre y luego en un acto definido de Su voluntad, -(así lo indica el sentido del original Griego)-, dio Su espíritu. (Mt. 27:50; Lc. 23:46 comparar Jn. 10:17,18)
Tal hecho, prueba que debe hacerse una distinción entre el derramamiento de Su sangre y Su muerte, aunque sin separarlos en el Un Sacrificio Expiatorio y Vicario.
He aquí la distinción: (i) Solo Su sangre trató al elemento "pecado" y lo deshizo y limpió, al tiempo que era derramada en propiciación. (He. 9:22b. y v. 26; He. 12:24; 1ªJn. 2:2); (ii) Solo Su muerte -la espiritual y la física como un todo-, llevó la culpa y el fruto del pecado, pagó su castigo, y fue para Dios olor suave (Ef. 5:2).
Ambos hechos son exigidos a un solo efecto expiatorio y vicario; y solo Cristo los obró sobre la Cruz: allí "llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1ªP. 2:24a), y los limpió con Su sangre (Is. 1:16, 18; 1ªJn. 1:7); y allí pagó las consecuencias y el castigo del pecado, murió por nosotros y al hacerlo, destruyó al Diablo, que tenía el imperio de la muerte. (Ro. 5:6-8; He. 2:14-17).
Conclusión: Su sangre y Su muerte, son imprescindibles. Cada elemento se distingue del otro, pero sin separarse; cada uno tiene su función específica, pero no se disocian; y ambos concurren, -sin confundirse-, al mismo Un Acto Sacrificial y Expiatorio para con Dios, y Vicario a favor nuestro.
¡Ay de quien tenga en poco, una salvación tan grande! (He. 2:3).
d) Su Obra Pos-Muerte
Su Espíritu, en las manos del Padre, sube al Cielo. Allí, cumple todas las figuras que de Él fueron dadas en el Pontífice Levítico, el cual, una sola vez al año, en el Día de la Expiación, entraba al Lugar Santísimo del Templo terrenal para rociar la sangre del animal sustituto que acababa de sacrificar sobre el altar. (Lv. cap. 16).
Así El Señor, inmediatamente después de Su sacrificio vicario sobre la Cruz, entró al Santuario Celestial para esparcir Su propia sangre ante el Trono de la Gracia, una sola vez y para siempre, en Testimonio y Memorial Eterno. (He. 9:1-12 comparar v. 24; He. 12:22-24; comparar Ap. 5:6-14).
Luego fue al Paraíso, conforme la promesa dada al ladrón penitente (Lc. 23:43; comparar 2ªCo. 12:1-4).
De allí desciende al abismo, para reclamar la victoria de Su Cruz sobre todo poder del enemigo (Ef. 4:9 y 1ªP. 3:18-22). En Job 28:22, se nos da un cuadro profético de ello, pues hablando de la sabiduría Divina, que el Nuevo Testamento refiere a Cristo (1ªCo. 1:24; Col. 2:2,3), leemos:
"El infierno y la muerte dijeron: su fama hemos oído con nuestros oídos".
"Infierno", en el original hebreo, lee "Abbadon" (Destructor), nombre que en Apocalipsis 9:11, se da al rey de los demonios del pozo del abismo o sea, a Satanás. Todos ellos, sean los que están en prisiones de oscuridad u otros (Jud. vs. 6,7; Lc. 8:23-33), debieron postrarse ante El Señor (Ver Mt. 4:8-10 con Is. 45:23,24 y Fil. 2:9-11). Cristo despojó a los principados y potestades malignos de su señorío y dominio y los sacó a la vergüenza en público (Col. 2:15 comparar Dn. 10: 2-13 y vs. 20,21; Ef. 6:12 ).
Y tiene las llaves del infierno y de la muerte (Ap. 1:17,18).
Finalmente, al tercer día, va al sepulcro, en busca de su cuerpo yacente, que debía ser resucitado (Mt. 16:21).
e) Resurrección Corporal del Señor.
"El aguijón de las muerte es el pecado" (1ªCo. 15:56). Destruir al pecado es pues vencer a la muerte. La sangre de Cristo lo hizo (Ver Sección (c), parte (1) Su Sangre ). Esa victoria de Su sangre es pues el Fundamento Legal de Su resurrección corporal.
En efecto: Cristo no murió por causa de pecado propio, pues nunca pecó; y los pecados nuestros fueron puestos sobre Él, fueron deshechos por Su sangre; de modo que cuando Su cuerpo muere, lo es en estado de santidad. La muerte entonces, no tenía derecho legal alguno para retener el cuerpo santo del Señor, quien por la misma razón, tenía todos los derechos para levantarlo de la tumba. Por eso, Cristo mismo predijo que lo haría (Jn. 2:18-22; Jn. 10:17,18); cosa posible, en cuanto a derecho legal, por la obra de Su sangre; y en cuanto al Poder para hacerlo, por Su Unidad Esencial Trinitaria con El Padre y El Espíritu Santo, todos actuantes en la resurrección (Ef. 1:17-21; Ga. 1:1; Ro. 1:4 y 8:11). El Dios Trino, ejerce Su Atributo Natural de Omnipotencia, alabado en la armonía de la Deidad por el Atributo Moral de Su Justicia, y el cuerpo yacente de Cristo es levantado triunfante de la muerte, en Cuerpo de Gloria que no puede más morir (Hch. 2:22-32; Ro. 6:9; Fil. 3:20,21).
El Cristo que es Vida (Jn. 14:6), es ahora "muerte de la muerte" (Os. 13:14), y Su Victoria quedó por siempre sellada, en las cicatrices eternas. (Jn. 20:24-28).
Esas marcas eternizaron en ellas el hecho de la Cruz, e identificaron al cuerpo de la resurrección, como el mismo cuerpo que fue crucificado y sepultado. Esto prueba que la resurrección corporal del Señor, fue una experiencia sustantiva, de carácter físico absoluto, comprobable y comprobada. (Lc. 24:1-6 y vs. 36-46). (*)
El cuerpo resucitado de Cristo no está limitado a la dimensión espacio, tiempo, gravedad o materia, como nosotros lo estamos. Su cuerpo, siendo físico, es sin embargo "cuerpo espiritual" (1ªCo. 15:44), con una estructura corporal sublimada, engendrada de Dios (Ro. 1:4 comparar Ro. 8:11,23 y He. 7:26 última cláusula), cuya textura le permite traspasar los vendajes con que fue sepultado; entrar en aposentos con puertas cerradas; desaparecer instantáneamente de la vista humana y, a la vez ser compacto, palpable y apto aún para ingerir alimentos naturales. (Jn. 20:1-7 y vs. 19,20; Lc. 24:28-46; Jn. 21:1-14; comparar 1ªJn. 1:1).
En el orden cósmico, la resurrección de Cristo es la respuesta de Dios a la necesidad de salvación de la materia, que, desde la caída, gime en las criaturas sub-humanas y en el universo material, mientras esperan la bendición en el Milenio (Is. 11:1-9), y la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Ro. 8:19-25). En la universal, el fin de lo presente y el nuevo Cielo y la Nueva Tierra (2ªP. 3:12,13; Ap. 21:1).
En cuanto a la redención, la resurrección de Cristo es base Inconmovible de la Fe (1ªCo. 15:12-58 comparar Hch. 17:31); y es la garantía de la resurrección corporal de todos los salvados por la fe en Su sangre, que serán resucitados y/o transformados en cuerpos semejantes al Cuerpo de Su Gloria, en Su Venida (1ªCo. 15:20; Fil. 3:20,21). En anticipo, se nos dice que Dios "nos dio vida juntamente con Cristo y juntamente, nos resucitó y nos hizo sentar en los Cielos con Cristo Jesús". (Ef. 2:4-7).
f) Su Ascensión Corporal al Cielo; Su Ministerio Celestial y Su Futuro Retorno.
Creemos que El Señor Resucitado fue visto por mujeres piadosas a quiénes encomendó ir y dar las nuevas a los apóstoles. (Mt. 28:1-10; Lc. 24:10; Jn. 20:11-18).
Inmediatamente subió al Cielo para presentarse al Padre (Jn. 20:17), Quién le invistió de Todo Poder en el Cielo y en la Tierra, como primer gran galardón de Su Victoria (Mt. 28:18; Ef.1:19-23 comparar Fil. 2:9-11; y contrastar con Lc. 4:5-8).
Bajó luego al mundo y por cuarenta días apareció "con muchas pruebas indubitables" a los apóstoles y discípulos aparejados por Dios como testigos de ello (Hch. 1:3; Lc. 24:13-44; Jn. 20:19-29; Jn. 21:1-22; 1ªCo. 15:3-7).
Les dio sus últimas enseñanzas y el mandato de ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura, enseñándoles todo cuanto Él había mandado; y prometió estar con los suyos "todos los días" "hasta el fin del mundo". (Mt. 28:18-20; Mr. 16:15-18; Lc. 24:45-48).
Finalmente, les mandó asentar en la ciudad de Jerusalem hasta ser vestidos de potencia de lo Alto, con la virtud del Espíritu Santo Él les enviaría desde el Cielo. (Lc. 24:49; Hch.1:8).
1. Desde el Monte del Olivar, ascendió corporalmente al Cielo. Esto prueba que el Cielo es literalmente "un lugar" y no meramente un "estado" o "condición" metafísicos o de "elevación espiritual", etc. (Jn. 14:1, 2).
"Fue alzado" y "recibido arriba" (Hch. 1:2 y v. 9); y el Padre lo sienta a Su Diestra en Su Trono, como Pontífice Eterno según el Orden de Melquisedec. (Sal. 110).
"Melquisedec", Rey y Sacerdote del Dios Alto (Gn. 14:18-20), es figura de Cristo y no una "preencarnación" de Él. Se interpreta como "rey de Justicia" y "rey de Paz" (He. 7:1,2), lo cual refiere a la Obra de Cristo crucificado (2ªCo. 5:21; Ef. 2:14 a.; Col. 1:20; Ro.5:1). Su Sacerdocio (anterior en mucho al Levítico), representa un Orden Eterno (Sal. 110:4; He. 7:21), pues no caduca por la muerte física del Sacerdote. Por lo tanto el Único Pontífice es Cristo Resucitado, cuyo Pontificado no es transferible a persona alguna ni delegable en Su autoridad (He. 7:23,24). Melquisedec, ofreció "pan y vino" a Abraham, lo cual completa la figura, que apunta a Cristo instituyendo los símbolos de Su Cuerpo y Su Sangre ofrecidos en la Cruz. (1ªCo. 11:23-26).
El "Orden de Melquisedec", es pues el "Orden Vía Crucis" o por vía de la Cruz, que viene "de antes de la fundación del mundo" (1ªP. 1:18-20), y tiene a la Cruz por fundamento. Precisamente, las primeras palabras de la Cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc. 23:24), dichas con el primer brotar de la sangre del Crucificado, muestran que Su Sangre es el Fundamento de Su Ministerio Intercesor.
Quien fue Pontífice Sufriente sobre la cruz, es el único que tiene el derecho de ser Pontífice Intercesor Triunfante y Eterno, en el Trono Celestial.
2. Durante diez días, (contados terrenalmente ), mientras los apóstoles y discípulos oran y esperan en el aposento alto de Jerusalén (Hch. 2:12-14); El Señor, en el Gran Aposento Alto y Santísimo del Cielo (Is. 57:15 a.b.), recibe la Honra y la Gloria que por su Obra en la Cruz, se merece. Sentado a la Diestra del Padre, goza el sublime gozo que le fue propuesto, por el cual sufrió la Cruz y menospreció la vergüenza (He. 12:2). Cada desprecio, cada dolor, es ahora vuelto en Gloria y Gozo Inefable.
3. El Pontífice, Unigénito de Dios y Primogénito, de Sus hermanos, no olvida que estos oran expectantes en Jerusalem. Extiende Sus manos al Padre, Quien procede a darle la Promesa del Espíritu Santo. Es la Fiesta de Pentecostés; y el Cordero de Dios, bautiza a Sus ovejas con El Espíritu de Dios (Jn. 1:29 y v. 33; He. 2:32,23).
Lenguas de fuego se posan sobre sus cabezas; hablan de las maravillas de Dios; y una gran cosecha del trigo santo que surge del grano de trigo muerto y resucitado, (Jn. 12:24), es recogida en alfolíes eternos. (Hch. cap. 2). Ahora la Iglesia es Su Cuerpo y Él es Su Cabeza ; somos miembros de Él, de Su Cuerpo, de Su carne, de Sus huesos; Su Espíritu se bautiza "en" nosotros y nos bautiza "en" Cristo (Ef. 1:22,23; Ef. 5:22-32; 1ªCo. 12:13). Desde Su Trono, Él gobierna a Su Iglesia y Su Trono es Trono de Gracia para ella (He. 4:14-16).
4. Su Pontificado Intercesor continúa. Sobre la base de Su Victoria en la Cruz, Él es nuestro abogado cuando pecamos (Ro. 8:34; 1ªJn. 2:1,2); y nuestro defensor contra las acusaciones de nuestro adversario el Diablo (1ªP. 5:8, comparar Job 1:6-12 y Ap. 12:9-11).
5. Su Intercesión tiene otras avenidas de Gracia: nuestras oraciones son allí avaladas por la Persona, la Obra y El Nombre de Cristo. Su sangre allí rociada, Su Persona, Sus cicatrices, Su Palabra de Amor, Su Nombre sobre todo nombre; todo y del todo a favor nuestro (Jn. 16:23-27; Ro. 8:31,32; Fil. 2:9-11). El Padre contesta y bendiciones fluyen de lo alto. (Stg. 1:17,18). ¡Tal nuestro Pontífice! (He. 7:21-26).
6. Hay más aún. Su Ministerio Celestial sobreabunda en Gracia y Él debe cumplir Su promesa a los suyos, debe prepararles lugar en la Casa de Su Padre. (Jn. 14:1,12). Cada uno de los suyos está presente allí. El Gran Pastor de las Ovejas prepara el Gran Redil en las moradas eternas.
7. Cuando todo esté pronto y todos los redimidos alistados, volverá conforme Su promesa (Jn. 14:3). Antes de la Tribulación, desde la esfera espacial, los llamará. Los cuerpos de los santos resucitarán y los que vivan juntamente con ellos serán transformados y arrebatados en cuerpos semejantes al Cuerpo de Su Gloria. Así estaremos siempre con El Señor. (1ªCo. 15:51-58; 1ªTs. 4:13-18; Fil. 3:20,21).
8. En el Cielo, Cristo constituirá Su Tribunal Galardonador (2ªCo. 5:10; 1ªCo. 3:11-15), y luego El Padre presidirá las Bodas del Cordero y Su Esposa, la Iglesia. (Ap. 19:5-9).
9. Luego de la Tribulación, vendrá a la Tierra "con" los Suyos para establecer Su Reino Milenial y después, sentado en un Gran Trono Blanco hará Juicio Final.
Su resurrección validará Su dominio cósmico y el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra, contarán por siempre la Victoria del Cordero de Dios. (Ap. cap. 19:6 a cap. 22:21).
10. Mientras llega el día de Su Venida, espera el Tiempo, en que todos sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies. (Sal. 110:1,2). Su Trono prevalecerá y nada ni nadie puede contra Su Todo Poder en el Cielo y en la Tierra. (Sal. 45:1-7).
11. Al final de la Historia de los Tiempos, los Juicios de Dios acabarán con todo enemigo, inclusive el Diablo, el Infierno y la muerte. (Ap. 20:10-15). Todo será sujeto a Cristo, Quién entregará El Reino al Padre y Dios será todas las cosas en todos. (1ªCo. 15:24-28).
g) Más Excelencias del Señor Jesucristo.
Por Él fueron criadas todas las cosas; por Él todas las cosas subsisten y todo fue criado por Él y para Él. (Jn. 1:1-4 y v. 9; Col. 1:16,17).
Él es el "Autor y Consumador en la Fe". (He. 12:2).
Él es el Fundador, Fundamento, Edificador, Cabeza, Señor, Esposo y Único Pontífice de la Iglesia. (Mt. 16:14-18; 1ªCo. 3:11; Ef. 1:17-23 y 5:23-32; Fil. 2:9-11; Jn. 3:29 y 2ªCo. 11:2; He. 7:17-28 y 8:1,2).
Rey de Reyes y Señor de Señores. (Ap. 19:11-16).
Para otras excelencias del Señor, véanse, entre una masa de evidencia bíblica, los siguientes textos: Jn. 1:1-5 y 9-13; Jn. 8:12; Jn. 10:7-16 y 27-29 comparar He. 13:20,21; Jn. 11:25: Jn. 14:6; Jn. 15:1-6; He. 1:1-3; 2ªP. 1:16-18; 1ªJn. 3:5-8; Jud. vs. 24,25; Ap. 1:8 y 11-20; Ap. 2:1,12 y 18; Ap.3:1,7 y 14; Ap.4:1-3; Ap.5:5,6 y 12-14; etc., etc.

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