El Altisimo
POR JUAN ANTONIO GARCIA NIETO (LANUS-BS AS- ARGENTINA)
b) Pruebas bíblicas de la existencia de Dios: ¡Dios! ¡Dios el “Altísimo”!
- Es evidente que “el cristiano espiritual”, es quien por sobre todo reconoce el “... Jehová ha dicho así... ” (Ex. 4:22b) y vive consciente del poder iluminador provisto por Dios, sabiendo por tanto que se beneficiará muy poco de los argumentos teístico-naturales que hemos comentado, sin embargo, los mismos contribuyen hacia aquello que la razón facilita, y resulta procedente considerarlos y estudiarlos.
Pero están los otros, los que se aprenden por el camino de la “fe” a través de la inerrante Palabra de Dios, por el camino de “la doctrina dada una vez – para siempre – a los santos y por la cual debemos ardientemente contender” (Jud. 3).
En ningún otro momento el alma consagrada a Dios se percata más de sus limitaciones que cuando es confrontada con la responsabilidad de la correcta comprensión de “la Persona de Dios”, ya que el hombre pecador es “incapaz”, fuera de la iluminación del Espíritu Santo de comprender al Soberano Creador. De allí que este “teísmo bíblico”, no está limitado – como el “natural” – al proceso del razonamiento humano en cuanto a la existencia de Dios; sino que es una manifestación de los detalles de la “verdad” con relación a Dios, en términos únicos, explícitos e indiscutibles, escritos por “inspiración divina” y preservados para siempre, en la Escritura. La cual, puede tenerse, únicamente, profundizando mediante el Espíritu de Dios (1ª Cor. 2:10), en todo aquello que es “abstracto”, en cuanto a Su Persona, es decir, lo que está dentro de Dios mismo – Sus atributos; Sus decretos y Sus nombres – y en todo aquello que es “concreto”, esto es, la manifestación de Sí Mismo, en Tres Personas. Ya que los aspectos “abstractos” de la verdad acerca de Dios, están basados en el “hecho” que Dios es una “Unidad” o “Esencia”.
En cambio, los aspectos “concretos” de la verdad acerca de Dios, están basados en el “hecho” de que Dios existe en una “Trinidad de Personas”, lo cual se conoce con el nombre de “trinitarianismo”. Esto es, la existencia eterna de Dios en Tres Personas, poseyendo cada una de Ellas la “personalidad” inherente, que a su vez satisface plenamente la “perfección divina”.
Así, tenemos que...
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La Biblia no intenta demostrar que Dios existe sino que lo “afirma” desde el principio: “En el principio... DIOS... ”. Comenzando las Escrituras presentándolo a “EL” en “actividad”: “En el principio ‘creó’ Dios los cielos y la tierra... y al hombre” (Gén. 1:1,27).
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A su vez, Su Palabra nos revela que el hombre, muy contrariamente a otras cosas materiales, ha sido creado a imagen y semejanza del Creador (Gén. 1:26-27). De esto se deduce, entonces, que hay una semejanza entre Dios y el hombre è (Sal. 8:5 – “Le has hecho – al hombre – poco menor que los ángeles”; Literalmente: “Un poco inferior a Dios”; en palabras de Bevan: “Un virrey de Dios”). Siendo en este modo de “comparar” las cosas, que la Biblia procede a presentarnos “la naturaleza y el carácter de Dios”. Y, aunque esas facultades y elementos de la personalidad de Dios, en Él, son “perfectos” en grado infinito (voluntad, amor, verdad, fidelidad, santidad, justicia); sin embargo, mantienen un parecido extraordinario a esas mismas facultades y elementos “imperfectos” y limitados que hallamos en el hombre.
Lo cual no se hace extensivo a la “naturaleza corporal” del hombre, ya que “Dios es Espíritu” (Jn. 4:24). Por tanto la “semejanza” del hombre respecto a Dios, está circunscrita solamente a su parte “inmaterial”.
Nuestro “cuerpo” tiende a separarnos de Dios, justamente, debido a lo opuesto de Su naturaleza (Espíritu [vs] Materia); nuestra “alma” por el contrario, nos une a Él de nuevo (Sal. 103:1-2), por medio de los principios y facultades que, aunque infinitamente inferiores y finitos, poseen una “cualidad” que armoniza con el Creador (Sgo. 1:17). El cuerpoes “creación” de Dios; el almaes “Su imagen”, la cual “está en Su mano”; siendo Cristo, “el Pastor y Obispo de ellas” (Job 12:10; 1ª Ped. 2:25); è (Jn. 10:27-29); (2ª Cor. 5:8).
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“Dios es Espíritu”. Esta afirmación implica que no podemos referirnos a Él con términos y conceptos “humanos”. Cuando decimos que Dios es “Espíritu”, queremos decir que Él es un “Ser–Espíritu” que no mora en un cuerpo material, lo cual se nos hace difícil de imaginar. Pero los ángeles, tampoco tienen cuerpo físico, excepto cuando aparecen en forma humana. Y nosotros, también viviremos sin cuerpo después de morir (2ª Cor. 5:8; Fil. 1:23; è Ap. 6:9-11; 7:14; 20:4), hasta que seamos resucitados y/o transformados ante la venida del Señor por los Suyos (Fil. 3:20-21; 1ª Tes. 4:13-18).
Sin embargo, el hecho de que Dios es Espíritu no niega Su personalidad, ya que Él es una Persona con intelecto, emociones y voluntad, los cuales son los componentes de la personalidad. Pero al ser “Espíritu”, es “invisible” a los ojos de los mortales (Col. 1:15; 1ª Tim. 6:16). Siendo, únicamente visible en la Persona del Señor Jesucristo, como el Hombre-Perfecto aquí en la tierra (Jn. 1:18, 14:9) y como el Señor Dios Todopoderoso; el Hijo del Hombre; el Cordero; el Jesús; El Verbo de Dios; el Rey de reyes y Señor de señores, allí en el cielo (1ª Cor. 13:12; 1ª Jn. 3:2; Ap. 1:8,13,17-18; 5:6; 19:10,13,16; 22:4).
Acerca de este tema de la “visibilidad” de Dios, conviene aclarar que la afirmación del Señor Jesús en (Mt. 5:8 – “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”), debemos entenderla – literalmente – con referencia a Cristo, quien es Dios. Mas en cuanto al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, se trata de una relación espiritual, la cual, en el tiempo presente equivale a “disfrutar de una “comunión sin interrupción con Dios”; “una comunión íntima y personal con EL”, la cual “es una visión cotidiana y transformadora” (2ª Cor. 3:18).
- También, decir que Dios es Espíritu, no da razón para concluir que el propósito de dicha afirmación es la mera formulación de una similitud o semejanza distante y vaga. Ya que la naturaleza de Dios y la del hombre, no son la misma, sino parecidas, pues tienen muchos atributos en común, aunque, en lo que concierne a “la naturaleza Divina”, los mismos poseen un grado de perfección y santidad eternas. A pesar de ello, cuando se describen las características de Dios en nuestro lenguaje, se usan expresiones que resulten comprensibles a nuestro “entendimiento humano” las cuales se conocen como “antropomorfismos”.
Así, nuestra mente, al ser “Su creación”, indica a través de las capacidades que poseemos, el carácter de Aquel por cuya voluntad, decreto y designio “existimos”.
Es debido a esto, es que la Biblia nos habla de:
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Sus “brazos” (Dt. 33:27);
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Sus “espaldas” (Ex. 33:23);
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Su “mano” (Jn. 10:29);
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Sus “pies” (Is. 66:1);
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Sus “ojos” (2ª Cró. 16:9);
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Su “oído” (Is. 59:1);
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Su “boca” (Is. 58:14);
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Su “rostro” (Ex. 33:11,20);
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Su “nariz” (2ª Sam. 22:9,16);
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Su “corazón” (Gén. 6:6; Hech. 13:22);
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Su “alma” (Is. 42:1); etc....
Expresiones (antropomorfismos) como éstas se usan a través de toda la Biblia, debiendo observarse que donde se atribuye a Dios la posesión de órganos físicos, ello no es una afirmación directa que Dios los posee como tales, ni tampoco un cuerpo físico con sus partes tal como las mencionadas; sin embargo, Él es capaz de realizar las mismas funciones (aunque en perfectísimo e infinito grado) que dichos órganos realizan en el hombre (Sal. 94:9).
Lo que sucede es que al usar el lenguaje humano, las nociones de hombre y personalidad son las más elevadas que, con nuestra mente y conocimiento finitos, podemos expresar. También, cuando nos referimos o atribuimos a Dios emociones y sensibilidades, obviamente Le libramos de todas las imperfecciones que acompañan a esos elementos cuando son concebidos por el hombre.
Pero, de la misma manera que la debilidad y el pecado humano no pueden en ningún modo ser atribuidos a Dios (Sgo. 1:13-15), asimismo, hay características en Él que no pueden ser expresadas en términos de la vida humana; son “las cosas secretas que pertenecen sólo a Jehová nuestro Dios” (Dt. 29:29; Dn. 2:22), debiendo el creyente ser sumamente prudente y medido en sus apreciaciones, en todo lo concerniente a Dios (Ec. 5:2).
Así, condescendientemente, al revelarse a Sí mismo, Dios desciende a nosotros para que podamos comprenderle, entenderle y elevarnos hasta Él.
Por tanto, debemos tomar extrema precaución de guardarnos de no recurrir a otra cosa que no sea el “discernimiento espiritual” (Heb. 5:14), descartando todo “pensamiento terrenal” al referirnos o querer expresar cualquier cosa o circunstancia acerca de “la terrible Majestad de Dios” (Job. 37:22); es decir Su poder extraordinario que sobrepasa toda nuestra comprensión y capacidad.
Más nosotros “tenemos la mente de Cristo” (Jn. 3:31; è 1ª Cor. 2:16), la cual nos “habilita” para pensar y actuar según los propósitos de Dios. Ya que no es suficiente discernir las obras de Dios y Sus características; sino que nuestro corazón, debe conocer (amar) a Dios como Persona (Dt. 4:29; 6:5; Jer. 29:13; Mr. 12:30). Amén.
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“Dios Es Autosuficiente” – (Hech. 17:25 – “Ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase algo, pues Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas”).
La autosuficiencia de Dios es una perfección que le glorifica en gran manera, ya que Él es majestuoso y espléndido en Su independencia absoluta, conteniendo todo lo que necesita sin recibir nada que antes no haya dado, siendo lo que es en Sí mismo sin relación a algún otro. Creer en Él no añade nada a Sus perfecciones y dudar de Él, tampoco le quita algo, “Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” afirma David (1ª Cró. 29:14).
Pensemos que Dios, que era feliz sin el hombre antes que fuese creado, sin embargo, debido a nuestra caída en pecado, ya no habrá de conocer la felicidad perfecta y permanente mientras no haya llevado a la gloria a cada uno nosotros (Heb. 2:9-10). Debido a ello es que hay gran gozo (el gozo de Dios mismo) en la presencia de los ángeles cuando un pecador se arrepiente (Lc. 15:10); y el porqué habrá “gran alegría” cuando Dios nos presente delante de Su gloria y presencia, en el día final (Jud. 24). Certísimamente e incomprensiblemente para nuestras mentes, así es “el amor de Dios en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:39 “in fine”).
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Sin lugar a duda, la Escritura es la revelación de Dios al hombre, dada tiernamente, para que él pueda conocerle (Is. 66:12-14a; 2ª Cor. 10:1a; Heb. 1:1), haciéndolo, entre otras cualidades, por Sus nombres Divinos:
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Gén. 1:1 – “Elohim, El o Elah: “El que es Poderoso”;
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14:18 – “El Elyon: “El Altísimo”; “El Poseedor de los cielos y la tierra”;
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15:2 – “Adonai Yahwe”: “Señor Dios”;
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17:1 – “El Shadai”: “El Dios Todopoderoso”;
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21:33 – “El Olam”: “El Dios Eterno”;
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22:14 – “Yahwe-Jireh”: “El Señor proveerá”;
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Ex. 3:14 –“YO SOY EL QUE SOY” o “YO SOY”;
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15:26 – “Yahwe-Rafah”: “El Señor sana”;
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17:15 –“Yahwe-Nissi”: “El Señor es nuestra bandera”;
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34:6 – “¡YHWH! o ¡YAHWE!: ¡JEHOVÁ! El Dios fuerte misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad”;
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Jue. 6:24 –“Yahwe-Shalom: “El Señor es nuestra paz”;
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Jer. 23:6 – “Yahwe-Sidkenu”: “El Señor es nuestra justicia”;
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Ez. 48:35 – “Yahwe-Sama”: “El Señor está presente”. Amén.
Notemos que Dios siempre ha procurado revelarse al hombre, no como una influencia o fuerza divina, sino como una “Persona viviente” (Heb. 9:14c) con quien él pueda tener “comunión”. Siendo necesario para que esa “comunión” (1ª Jn. 1:3) se lleve a cabo, que exista una similitud de naturaleza entre aquellos que participan de esa relación (2ª Ped. 1:4b).
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También, la Palabra de Dios presenta a Cristo, la Segunda Persona de la Trinidad, como la suprema revelación de Dios. Y lo hace, por más aún que Su condición de “Verbo de Dios” (Jn. 1:1); ya que, la Deidad se expresa en el “Ser”; en la “Persona”; y en la obra de “Jesucristo”:
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Jn. 1:14 – “Y aquél Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”;
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1:18 – “A Dios nadie le vio jamás; el Unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer”;
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17:4 – “(Padre) Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese”.
Además, le proclama por ser Dios:
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Rom. 9:5 – “... vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”;
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Col. 2:9 – “Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la verdad”;
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Heb. 1:8 – “Más del Hijo dice – DIOS – dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino”. Amén.
- Resumiendo: En la Biblia encontramos que el Padre y el Hijo se revelan a Si mismos como Personas (Mt. 11:27), y que el Padre y el Hijo envían al Espíritu cuya misión nos revela claramente que Él es, también, una Persona (Jn. 14:16-17,26; 15:26; 16:7-11). Constituyendo el hecho de que “Dios es Uno que subsiste en tres Personas”, la “verdad fundamental” de toda la Escritura. Amén. ¡GLORIA A DIOS!
Concluimos honrándole…
“Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos Tu glorioso nombre” (1ª Cró. 29:13)



