La Adoración

POR JUAN ANTONIO GARCIA NIETO (LANUS-BS AS-ARGENTINA)

“Venid, adoremos y postrémonos; Arrodillémonos
 delante  de  Jehová  nuestro  Hacedor”(Sal. 95:6)

(Un ruego del corazón de Dios al nuestro, “por la mansedumbre y ternura de Cristo”  –  2ª Cor. 10:1)

INTRODUCCIÓN

. Quisiera invitarles por amor al Señor a pensar que, la meta de “gloria celestial”, no habremos de alcanzarla ni mirando a algunos, ni criticando a otros, sino: “Haciendo algo”, para la gloria de Dios.  Y ese “algo”, les propongo, hermanos, que sea: Adorar a Dios en espíritu y en verdad” (Jn. 4:23).  Porque esto es lo más elevado que nuestras almas puedan lograr, siendo además lo más sublime “que a Dios agrada”.
Primero “nos buscó Cristo” (Lc. 19:10), pero ahora, nos busca el Padre” (Jn. 4:23b); nuestro Padre de Gloria, para “cosechar” lo que Su Hijo Amado “sembró” (Jn. 17:20).  Amén.

Es en la actividad de la iglesia, donde el creyente debe cumplir las funciones sacerdotales que le son propias: “Real sacerdocio... anunciando las virtudes de Aquél que nos llamó  de las tinieblas a su luz admirable” (1ª Ped. 2:9), y entre esas tareas, que deben siempre “glorificar a Dios”, está la “adoración”, la cual no es una actividad, sino una actitud personal.

. Entonces, nos preguntamos: ¿Qué es “adorar”, a la luz de la Palabra de Dios? 

La respuesta bíblica es que se trata de:

 “Una actitud personal del creyente, de íntima y entrañable contemplación reverente y agradecida hacia Dios, mediante la cual le expresamos nuestro honor, amor y obediencia por lo que El es y ha hecho; hace y hará, por Sus atributos, por Su santidad, por Su amor y por Su Majestad”.

La “adoración” debe originarse, únicamente, por la inducción del Espíritu Santo, mediante una acción de “esfuerzo y espera en Jehová, tomando aliento en nuestros corazones” (Sal. 31:24) yllevada a cabo “diligentemente para que nuestra alma sea prosperada” (Pr. 13:4b).
Ya desde el principio, podemos apreciar que ella incluía, siempre, un sacrificio u ofrenda a Dios (Gén. 8:20;  Dt. 26:10), no debiendo ningún creyente hacerla “con las manos vacías” (Dt. 16:16b), lo cual implica una manera de “esforzarnos en la gracia que es en Cristo Jesús” (2ª Tim. 2:1).  Siendo este proceder el modo de “serle agradable a ÉL”,    “... andando como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor (Ef. 5:8c-10).

. En cuanto a la “adoración colectiva” o “congregacional”, generalmente, se acepta que el intento de la iglesia primitiva de reunirse “el primer día de la semana” (Hech. 20:7;                 1ª Cor. 16:2), tenía por propósito la adoración”, siendo luego, esa reunión “del partimiento del pan”, llamada también “el día del Señor” (Ap. 1:10), en conmemoración de la resurrección de Cristo Jesús Señor nuestro.

Pasado el tiempo..., hoy día, la “adoración congregacional” tiene lugar, principalmente, en la reunión de la “Cena del Señor”, la cual, exclusivamente, debe llevarse a cabo              “en memoria del Señor Jesucristo, hasta que Él venga” (1ª Cor. 11:23-26). En la cual       – a pesar de ser una reunión de toda la congregación de los fieles con terminología colectiva (Señor te alabamos... te damos gracias... te recordamos... te adoramos... etc.) – estamos adorando en forma “individual”, cada uno de los presentes por sí mismo;           al agregarse cada creyente, con su pensamiento o verbalmente con su alabanza o el amén que brota de su corazón a través de un modo reverente e individual, a su hermano que habla o lee u ora (nunca en primera persona), “adorandoasí el uno con el otro, al Amado Salvador.  Todo, en un espíritu de agradecimiento eterno a Dios.

De esta manera, el creyente, en la congregación, manifiesta con sus acciones personales, lo que conforma la “adoración colectiva”, en mutua y “verdadera comunión con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1ª Jn. 1:3). La cual, aunque estemos “adorando congregacionalmente”, sigue siendo una actitud individual.

Pero, si hubiere algún hermano que no sigue en espíritu – “enseñado por el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1ª Cor. 2:13) – la adoración conjunta, mediante la debida atención de todo su ser, entonces, no estará adorando, aunque esté presente en “la reunión del partimiento del pan”, a igual manera que el inconverso que allí se encuentre.  Lo cual implica para el hijo de Dios, “comer del pan o beber de la copa del Señor indignamente, siendo culpable del cuerpo y de la sangre del Señor” (1ª Cor. 11:27).  No lo olvidemos.
Por el contrario, la verdadera “adoración”, habrá de edificar a la iglesia local, ya que su observancia hará que, ella sea “cubierta por la gloria de Dios” (Ex. 40:34;  1ª Rey. 8:11), llenándose el lugar de la fragancia y la gloria de Cristo (2ª Cor. 2:15a).
Pensemos que no existe lugar más cerca del cielo en este mundo que el momento en el cual      “la adoración” de una congregación de creyentes, llevada a cabo “individualmente” por cada hermano como sacerdote y unidos todos, en “un mismo sentir, en plena comunión espiritual en Cristo Jesús Señor nuestro, para con Dios” (Fil. 2:5;  1ª Ped. 2:9), asciende cual incienso fragante ante el rostro de Dios, conformando todos “un cuerpo, y un Espíritu, como fuimos también llamados en una misma esperanza de nuestra vocación” (Ef. 4:4).  Siendo sumamente importante, en este punto, que comprendamos que es la falta de “adoración” la que debilita tanto el culto, como el servicio al Señor.

Debemos, también, preservar en nuestros corazones que la “adoración” no es una cuestión de “lugar”, sino de “condición espiritual” permanente y continua.  Es decir que tanto como yo, hermano, en cada instante de nuestra vida diaria como creyentes, debemos ser adoradores “personales” de Dios.  Siendo importante que, durante su ejercicio, nuestra “alma esté anclada hasta dentro del velo, en el Lugar Santísimo, a través de la sangre de Jesucristo” (Heb. 6:19; 10:20), y entonces sí, podamos “adorar al Padre en espíritu y en verdad” (Jn. 4:23); “Dándole a Jehová la gloria debida a su nombre; Adorándole en la hermosura de la santidad” (Sal. 29:2). Amén.

JUAN ANTONIO GARCIA NIETO colaborador de Momento de Decisión, maestro de la Palabra, enseña en el instituto BIBLICO JORGE MULLER

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