Consecuencias de la “Unidad Espiritual” en la Iglesia del Señor

POR JUAN ANTONIO GARCIA NIETO (LANUS-BS AS)

Las consecuencias de la “unión” que Dios nos da a los creyentes como miembros de Su cuerpo, a la vez que los unos de los otros (Rom. 12:5;  1ª Cor. 10:17; 12:12), las encontramos en Su Palabra, la cual nos manifiesta esa “unidad”, al afirmarnos que somos:

a) Su “rebaño”

  • Cobijados por nuestro “Buen Pastor” (Sal. 91:1;  Jn. 10:16), quien nos lleva por caminos y sendas de amplia bendición y eterna paz, hasta que estemos con Él (Sal. 23); mientras “Seguimos a nuestro representante… al Pastor y Obispo de nuestras almas” (Jn. 10:4,27-28;  1ª Ped. 2:25), en perfecta “unidad”, con el propósito de alcanzar “la semejanza a Él” (1ª Jn. 3:2): allí, mientras “somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2ª Cor. 3:18): aquí. Nosotros los creyentes, como “hermanos del Señor”, y Él como el primogénito entre muchos hermanos” (Mt. 28:10;      Jn. 20:17b;  Rom. 8:29).  Pero lo más asombroso es que aun a pesar de nuestra transgresora debilidad espiritual, nuestro Amado Salvador “… no se avergüenza de llamarnos hermanos” (Heb. 2:11b). ¡Gracias Señor!

 

b) Su “esposa”

  • Deseada por Cristo, con amor eternoy hasta el fin (Jn. 13:1; 2ª Cor. 11:2;    Ef. 5:24-27,30-32;  Ap. 19:7-8), brindándonos este tipo de “unidad” la plena manifestación de nuestras relaciones de amor filial, de comunión y de  pertenencia con el Señor, como miembros de Su cuerpo, de Su carne y de Sus huesos; como Su esposa fragante y eterna. ¡Gracias Mi Señor!

 

c) Su “edificio espiritual”

  • Como el mismo Señor lo enseñó (Mt. 16:18), indicándonos la relación, la “unidad” entre el “fundamento, que es Jesucristo” y nosotros como “colaboradores de Dios, labranza de Dios y edificio de Dios” (1ª Cor. 3:9,11), con el deseo que Su iglesia crezca en santidad en Cristo.

 

d) Sus “pámpanos”

  • “Unidos” a la “Vid del Cielo”, lo cual es figura de la fertilidad del creyente, con el deseo de honrarle llevando fruto abundante, en comunión íntima y compañerismo pleno con el Señor (Jn. 15:1-2,4,10).

 

e) Su “cuerpo”   (Su cuerpo fue “partido” para que nosotros pudiésemos ser el cuerpo de Cristo)

  • Desarrollando actividades personales e indelegables, producidas por Dios mismo”, como “miembros unidos” que conformamos “un cuerpo” (Rom. 12:3-8;  1ª Cor. 12:12,27; Ef. 5:30; Fil. 2:13; Heb. 13:21), colocados en él, de la manera que Dios quiso (1ª Cor. 12:6), en inequívoca y excluyente dependencia de Él como Cabeza de la Iglesia, dada por Dios mismo (1ª Cor. 12:11,18; Ef. 1:22-23), creciendo siempre en amor y para Su gloria (1ª Cor. 16:14; Ef. 4:15-16).

 

Recordemos que los creyentes no formamos ese cuerpo con Cristo sino que somos un cuerpo en Cristo (Rom. 12:5; Ef. 4:11-13). Con varias cosas comunes, que hacen a la “unidad”, las cuales nos deben caracterizar:

  • Un mismo y renovado sentir y voluntad de hacer: “Amando al Señor Jesucristo” (1ª Cor. 16:22;  Fil. 2:5,13;  Heb. 13:21).

  • Un mismo y nuevo, pensamiento y amor (Rom. 5:5;  1ª Cor. 2:16).

  • Una misma y cierta esperanza de gloria: “Cristo en nosotros” (Col. 1.27).

  • Una misma tarea: “Ser Sus testigos” (Hech. 1:8), ya sea ante los hombres (Mr. 16:15-16) o los ángeles (Ef. 3:10;  1ª Ped. 1:12b).

  • Un mismo deseo: Cumplir con Sus mandamientos, acatando Su voluntad (Mt. 28:18-20).

En este sentido, no podemos soslayar “el bautismo” como mandato expreso del Señor Jesucristo (Mt. 28:19), ya que no hacerlo, es pecado, al estar desobedeciendo la primera ordenanza que Él nos dio, la cual también, nos da entrada y pleno derecho dentro de “la congregación de los santos” (Hech. 2:41; 8:35-38; 10:47-48; 16:31-33).

  • Un mismo objetivo: “Crecer” yObedecer al Señor”, siendo esto último, el súmmum, ya que implica, excluyentemente “Amarle y llevar fruto para    Su gloria” (Jn. 14:15;21,23-24;  2ª Ped. 1:3-8).  Al ser, ésta, la única forma de ser verdaderos “partícipes de la naturaleza divina” y “miembros de la familia de Dios”  (Ef. 2:19b;  Heb. 12:10b).

  • También debe el creyente como miembro de la iglesia local:

    • No dejar de congregarse, concurriendo a las reuniones con habitualidad (Heb. 10:25), para así:

      • Encontrarse con su Señor (Mt. 18:20), y ser bendecido y edificado por Su Palabra (2ª Tim. 3:16-17);

      • Contemplar Su hermosura [mirar con admiración, la bondad del Señor, tan llena de gracia y misericordia], e inquirir [investigar Sus caminos y aprender más de Su bendita Persona] en Su templo (Sal. 27:4);

      • “Prosiguiendo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil. 3:14). Amén.

    • Llevar un servicio fiel y activo como siervo de Cristo y administrador de los misterios de Dios, es decir, “como buen administrador de Su multiforme gracia” (1ª Cor. 4:1;  1ª Ped. 4:10b). 

    • Orar sin cesar, agradeciendo a Dios por todo, por los méritos sagrados del Hijo (Lc. 18:1,7; Ef. 5:20; Col. 4:2; 1ª Tes. 5:17-18).     Intercediendo los unos por los otros ante el Padre, en oración y súplica (Ef. 6:18;  Col. 1:3,9;  Sgo. 5:16).

 

Recordemos siempre que “la oración victoriosa” no sólo “invoca” la Omnipotencia de Dios sino que “acepta” Su decisión también            (1ª Cró. 29:12-13; Job. 5:17; Pr. 3:11-12; Heb. 12:5-6,10-11; Ap. 3:19).

    • Auto examinarse a sí mismo ante el Señor, para no ser juzgado por Dios, evitando así Su castigo [nunca la “condenación”] (Sal. 26:2;  139:23; 1ª Cor. 11:28-32); è (1ª Cor. 5:5;  Heb. 12:7,11,16-17;  1ª Jn. 2:9).

 

Tampoco olvidemos que “jamás” habremos de perder la condición de ser “miembro” (Jn. 10:27-29), ya que esa pérdida equivaldría a “perder la salvación”. Terminando nuestra condición de “forasteros, peregrinos, extranjeros y advenedizos” para constituirnos en perfección como “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Sal. 119:19a; Ef. 2.19;                    1ª Ped. 2:11a), “cuando el Señor nos venga a buscar, para así estar para siempre con Él” (1ª Cor. 15:51-58; 1ª Tes. 4:13-18). Amén.

Mientras tanto, perseveremos siempre en la iglesia (Hech. 2:42).  Evitando ser como aquellos “aparentes creyentes” que se guarecían en la iglesia, sin profesar debidamente la fe, y sin ser parte de la Iglesia de Cristo (1ª Cor. 11:19;  2ª Tim. 3:5,8-9;  1ª Jn. 2:19).

  • Finalmente, es trascendente y de proyección eterna, guardar en nuestro corazón (Lc. 2:19,51b), que “la unidad espiritual de la Iglesia” nos proporciona:

  • “Vida eterna” por “posicionamiento en Cristo”, por lo cual no podemos otra cosa que ¡Gloriarnos en el Señor! (1ª Cor. 1:30-31), recordando con agradecimiento eterno que el Señor es el comunicador de esa vida, la cual implica conocer a Dios y a Jesucristo” (Jn. 1:4; 10:28; 17:2-3).

Pensemos que el Espíritu Santo, como conocedor de lo profundo de Dios” (1ª Cor. 2:10), es quien nos mune del conocimiento que habrá de subsistir por la eternidad; del saber más excelso que podamos poseer (acerca de Dios, de Su Persona, de Su decreto y de Su Plan de salvación), el cual nos habrá de permitir “que la sabiduría y la gloria de Dios, la demos a conocer – en perfección – en las regiones celestes, conforme a Su designio eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor (Ef. 3:10-11).
Este conocimiento, es el único que allí habremos de llevar, por tanto     “No nos alabemos en nuestra sabiduría, sino en entender y conocer a Jehová, porque estas cosas quiere el Señor(Jer. 9:23-24). No lo olvidemos.

  • Una “nueva vida” que nos lleva a vivir por Cristo y para Él (Rom. 14:7-9;  2ª Cor. 5:17;  Gál. 2:20;  Ef. 2:10), siendo absolutamente todo en Cristo”.  Es decir, una “unión verdadera y eterna” con nuestro Señor y con nuestro Dios y Padre (Ef. 4:5a-6), siendo ello posible, únicamente, por nosotros estar en Cristo”, al ser esta corta expresión la que define la “nueva relación” del creyente con Dios, y que el  Evangelio proclama:

  • Somos un cuerpo y nuevas criaturas “en Cristo” (Rom. 12:5;         2ª Cor. 5:27)

  • Somos bautizados y tenemos herencia, para alabanza de Su gloria  “en Cristo” (Gál. 3:27;  Ef. 1:10-12 è 1:6)

  • Tendremos por los siglos eternos, “las abundantes riquezas de su gloria en su bondad para con nosotros en Cristo” (Ef. 2:7)

  • Dios nos perdonó y todo lo podemos “en CRISTO” (Ef. 4:32; Fil. 4:13)

  • Nuestra esperanza de gloria es “en CRISTO” (Col. 1:27)

  • Nadie nos podrá separar del amor de Dios, que es “en CRISTO Jesús, Señor nuestro”  (Rom. 8:39)

  • Somos hechura de Dios, creados “en CRISTO” (Ef. 2:10)

  • Somos llevados siempre en triunfo y somos uno “en CRISTO”           (2ª Cor. 2:14;  Gál. 3:28)

  • Daremos a conocer la gloria de Dios, según el propósito eterno que el Padre hizo “en CRISTO” (Ef. 3:10-11) – Siempre la Esposa (la Iglesia de Cristo) dará honra y corona al Esposo (el Señor) – (Pr. 12:4)


Entonces, hermano, por amor a Él, que “haya en nosotros el sentir que hubo en CRISTO JESÚS” (Fil. 2:5), es decir, los sentimientos magnánimos, abnegados, serviciales y bondadosos del Señor. Amén.
No olvidemos que para que todo esto fuese posible:

  • Cristo fue “hecho pecado”, por nosotros (2ª Cor. 5:21)

  • Cristo fue “hecho maldición”, por nosotros (Gál. 3:13)

  • Ambas cosas sucedieron en la Cruz, y en ningún  otro momentoIndicándonos estos dos versículos que cuando fuimos “unidos a  Cristo”,  un “misterioso” intercambio tuvo lugar:

  • Él “tomó” nuestra maldición, mediante aquella muerte que nos redime, librándonos de la maldición del pecado, para que nosotros pudiéramos “recibir” Su bendición.

  • Él vino a ser pecado, con nuestro pecado, para que nosotros viniéramos a ser “justicia”, con Su justicia.

. Los creyentes, aunque en nosotros mismos somos seres pecaminosos, podemos ahora ser declarados “justos” debido a nuestra “unión con CRISTO”.  Pero esta “unión” no tuvo lugar, en Su vida terrenal, sino  en Su vida resucitada (Ef. 2:5-6), habiendo sido “unidos a Cristo”, en aquella resurrección que nos justifica (Rom. 4:25).
Es decir, hacía falta la sangre de Su cruz, para que podamos tener Su paz y ser unidos a Cristo, y Él en nosotros (Jn. 17:23a;  Col. 1:20; 3:15). ¡Gracias Señor!
Todos estos pensamientosque hemos compartido, hermano, deben “adornar Su doctrina” (Tit. 2:10), honrando Su Persona, cuando cada domingo nos reunimos a “partir el pan, haciendo memoria de Él”,ya que nuestra unión vital con Cristo”, no sólo es parte esencial de la actitud personal que avala nuestra “adoración” en la “Cena del Señor”, sino que es también el propósito y sustento de “la unidad de la Iglesia en el Espíritu Santo”. Amén.

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CONCLUSIÓN

. Sin lugar a duda, la “unidad” de la Iglesia fue hecha por Dios.  Por esta causa, debemos considerar mantenerla con el firme propósito de agradarle a “EL” (Jn. 17:20-21;               Ef. 4:3,30; 5:9-10;  Fil. 2:1c).
Recordemos que provocar el entorpecimiento de la obra o causar la división de la iglesia (local) es agredir al mismo Dios y estar sujeto a Su drástico castigo, el cual llega hasta la remoción del causante, de este mundo (1ª Cor. 3:17; 11:29-32).

Por tanto, debemos los creyentes, manifestar la evidencia de esa “unión”, obedeciendo        a Dios, gozandoasí de Su comunión y amor en nosotros (Sal. 25:14; Pr. 3:32;                   Jn. 14:15,21,23); mediante “la práctica de los dones recibidos, perfeccionando a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que plenamente nutridos crezcamos y alcancemos la medida de la estatura de Su santísima plenitud, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (Ef. 3:10-11; 4:12-13;     1ª Ped. 4:10-11), juntamente con “el amor, la ayuda de hecho y la comunión, sinceras y de corazón, con los hermanos, y por ende, con el Padre y con Su Hijo Jesucristo, siendo de esta manera, nuestro gozo cumplido, como verdaderos hijos de Dios, por el Espíritu que Él nos ha dado (1ª Jn. 1:3-4; 3:10,14-18,23-24; 4:7-8).
Con el santo deseo que todo coadyuve al privilegio de “adorar” a Dios y “orar” a Él, agradeciendo e intercediendo por todos los santos, proyectándonos también al mundo mediante la predicación del evangelio como dignos testigos de Cristo el Señor (Mr. 16:15; Hech. 1:8). Amén.

. Recordemos también, que una iglesia conducida por el Espíritu Santo es “victoriosa” en la medida que los creyentes nos dejemos “guiar por Él” (Rom. 8:5,8-9,13-16;           Gál. 5:16), perseverando en la doctrina, la oración, la comunión y la Cena del Señor (Hech. 2:42), conscientes de nuestra “incapacidad” de no lograr absolutamente nada por nosotros mismos, si no estamos en todo, en total dependencia de Dios (Sal. 40:8;       Rom. 12:2;  Ef. 1:9; 5:15-17;  Col 1:9) y permanentemente unidos a Cristo (Jn. 15:4-5;  Hech. 4:24,27-31), a la vez que “llenos del Espíritu Santo, dando gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 5:17-20). Amén.

Tengamos en cuenta que si bien “el Espíritu – siempre – llama a la iglesia”                   (Ap. 2:7,11,17,29; 3:6,13,22), obedecerle y responderlesiempreestá en cada creyente que oiga Su voz.  Al respecto, en estos últimos tiempos, quienes conformamos la Iglesia del Señor, en este período de Laodicea (Ap. 3:14-22), además, tenemos al Señor afuera de ella, golpeando la puerta para que le dejemos entrar (Ap. 3:20).

Entonces, hermano, ¡oigamos y abramos ya!, por amor a Dios y a Cristo el Señor.
. Es importante discernir finalmente que esta “unidad de la Iglesia en el Espíritu”, tiene un objetivo supremo: “La grandeza y la gloria del Señor” pues “la santidad, la justicia, la magnificencia y el poder, la gloria, la honra, la victoria y el honor, pertenecen al Señor” (1ª Cró. 29:10b-13).

Y si el mismo Espíritu “glorifica al Hijo” (Jn. 16:14), entonces, ¡cuánto más! nunca debemos dejar de hacerlo nosotros (1ª Cor. 6:20), pero “en un grado de mansedumbre y humildad extrema, mediante buenas obras, para que viéndolas el mundo, glorifique a nuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).

De esta manera los creyentes además de honrar a Dios, yel Nombre y la Persona del Señor, “tendremos descanso para nuestras almas” (Mt. 11:29) a la vez que
     … “Guardaremos la Unidad de la Iglesia en el Espíritu Santo” (Ef. 4:3).      

No lo olvidemos, para la eterna gloria y complacencia del Trino Dios. Amén.

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